No sé si lo causó el olor a lavanda en el aire, el día de
lluvia que todo lo puso gris, o qué fue exactamente. Pero mientras cortaba la
verdura para la sopa de los lunes las lágrimas empezaron a salir de sus ojos,
tan grises como el cielo de esa mañana. Caro empezó a recordar, no podía frenar
a su mente, el aire se impregnó de melancolía y no paraban de salir gruesísimas
lágrimas, las más saladas que jamás había probado.
Será que en su momento se hizo la fuerte... ¡Claro!,
siendo la mayor de 4 hermanos no podía mostrarse frágil ante el mundo… Y de
tanto cuidar al resto, se olvidó del detalle de cuidarse a sí misma. Esas cosas
que nos pasan a las mujeres cuando el instinto de protección materno se apodera
de nosotras y ya no hay vuelta atrás, pese a quedar aniquiladas nosotras
mismas, damos lo que sea por proteger al prójimo.
Su cabeza la llevó a otro tiempo, a otro lugar, y se le dio
por recordar a su primer amor. Ese hombre con el que había soñado concretar su
maternidad, ese a quién había designado el padre de sus hijos, aquel que le
había roto el corazón más de una vez, y que también había sido signo de sus
mayores alegrías… es que Caro ahora estaba sola, había dedicado su vida a una
carrera, a cuidar de sus hermanos después de la muerte de sus padres, y se
había dedicado a la casa y a las tareas del hogar. ¡Que duro había sido el
camino hasta ahí!, sin ayuda de nadie, cuidando siempre de los demás, pero sin
nadie que la cuide, que la proteja en esos momentos en los que la tristeza la
invadía.
Es raro describir lo que pasa en la mente femenina cuando
eso ocurre, yo sé que un hombre no podría entenderlo jamás, hay quienes dedican
toda su vida a estudiar la mente, el funcionamiento del cerebro, las emociones
que en él habitan, pero no han podido entender jamás qué siente una mujer
cuando de repente se pone triste, y a continuación de repente se nos pasa... El
sexo opuesto nos trata de locas, de histéricas, le echan la culpa a la
menstruación, nos catalogan de “el sexo débil”, y a cada tropezón, nos
levantamos más fuertes que nunca. Pero la realidad es que todas estas etiquetas
parten de una gran impotencia de no saber qué nos sucede, de una gran
ignorancia acerca de “Lo Femenino”. Y lamento decirles a los lectores hombres
que nunca lo sabrán.
Y ahí estaba Caro, totalmente vulnerable a todo, pensando
y repasando gran parte de su vida, queriendo reflexionar acerca de qué había
hecho bien, o qué había hecho mal para que llegado este punto, estuviera tan sola.
Tenía todo, había hecho de todo, gracias a ella la familia se había consolidado
más que nunca, aún en la ausencia de sus padres, aún en circunstancias críticas.
Sin embargo, algo faltaba; y sin eso el vacío era ineludible…
Pero había que seguir, ¡porque era la mayor! Así que
limpió sus lágrimas con el delantal, respiró profundo, se dijo a sí misma que
no era momento de flaquear, y siguió con sus quehaceres.
¿Será que atrás de cada sonrisa femenina se esconden un sinfín
de tristezas?. Así somos, limpiamos nuestras lágrimas con un delantal y
seguimos adelante… He ahí hombres, el gran secreto que ocultamos, no sé de
dónde sale la voluntad que nos rige, no sé de qué se agarra la fortaleza, pero
seguimos adelante, siempre.

